El aroma de la lluvia

Era una mañana lluviosa en el centro de Donostia, como la mayoría de las mañanas entre los meses de noviembre y abril. Gloria se encontraba paseando entre los comercios abiertos, que daban cobijo a propietarios, dependientes y clientes agradecidos por poder resguardarse del frío y el sirimiri exterior. No obstante, para Gloria era un regalo el poder disfrutar de un paseo por su ciudad el día posterior a un diluvio: las calles estaban prácticamente vacías (a excepción de algún aventurero corriendo o paseando, como ella); las vistas proporcionaban placeres sólo a los que sabían mirar más allá de lo común, identificando una historia que se desarrolló en cada rincón de la ciudad, bajo la lluvia; las olas reposaban cansadas, después de una jornada de gran movimiento; y el olor…, sin duda, una de las mayores ventajas de San Sebastián era ese olor a lluvia, una esencia que ni el mejor de los alambiques podría recoger, una fragancia indescriptible, que te hacía recordar lo afortunado que eras de llevar una vida acomodada y prácticamente pacífica.

Al aspirar el preciado aroma de la lluvia vasca, Gloria alzó la cabeza al cielo y sonrió, completamente relajada, mientras el viento ondeaba su amplio abrigo rojo y su largo pelo moreno, la llovizna humedecía ligeramente sus facciones y su ropa (¿qué sentido tenía abrir un paraguas y despreciar unas pocas gotas caídas del cielo?) y los tacones de sus botas anunciaban su paso por las calles, proclamando la presencia de una treintañera feliz y aproximadamente satisfecha con su vida.

Mientras andaba se encontró con una pareja especialmente enternecedora, abrazándose mientras caminaban, buscando calor el uno en el otro; con una madre que intentaba convencer a sus hijos de por qué no era una buena idea bañarse en la playa en pleno invierno; y con otra joven muchacha de unos 18 años que andaba a paso lento al lado de su madre, ambas tranquilamente charlando y riendo sobre cualquiera que fuera su tema de conversación. Gloria sonrió a la joven, y para su sorpresa ésta le correspondió con otra amplia sonrisa, demostrando la conexión que dos personas pueden compartir tan solo por disfrutar con una misma actividad.

De repente a Gloria le entró hambre, y tras un reclamante rugido de su tripa decidió entrar en una pastelería cercana de La Concha para desayunar un croissant en la playa, disfrutando del espectáculo del vaivén de las olas. Según entraba en el local pudo percibir el delicioso aroma de la vainilla y el chocolate, mezclados con otros ingredientes destinados a hacer felices a miles de entusiastas de la repostería: fresa, naranja, limón, menta… En ese momento, al recordar la menta, a Gloria se le escapó una ligera carcajada, para extrañeza de la dependienta; y sin poder ponerle ningún remedio, su mente se olvidó del hambre que la acuciaba y se dedicó a rememorar la tarde anterior, cuando la música de Alejandro Sanz puso una preciosa melodía a su encuentro con Carlos y sus dos perros:

… y sacas al sol las pestañas y el mundo florece; dejas caer caminando un pañuelo y mi mano sin mí lo recoge; tienes la risa más fresca de todas las fuentes… tienes verdades, abrazos que abarcan ciudades; tienes un beso de arroz y de leche en el valle…”

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