El llanto de la lluvia

Sentada en el diván de mi casa, frente a la ventana, observo la lluvia caer sobre el cristal; pequeñas gotas arrojadas por las nubes; delicadas, pasajeras, tranquilamente ausentes a los transeúntes que se resguardan de su huella bajo un paraguas, sumidos en sus propias preocupaciones. No obstante, si las gotas que marcan la ventana frente a mí se esforzaran en percibir la vida que habita al otro lado del cristal, serían testigos de cómo otras gotas, en esta ocasión saladas, ruedan sin descanso por mi rostro; serían testigos del llanto incontrolado de una mujer desesperanzada.

Hubo un tiempo en que mi vida no era así, en que las únicas lágrimas que asomaban por mis ojos eran causadas por una tremenda dicha. Los sábados salía con mis amigas y mi hermana, los domingos los pasaba con mi madre, y entre semana disfrutaba del eterno dinamismo de mi trabajo como editora. Pensaba que mi vida no podía ser más fructífera ni complaciente, pero luego conocí a Borja… era simplemente el hombre ideal: constantes sorpresas románticas me aguardaban en mi piso, declaraciones de amor, divertidas aventuras, extensas charlas sobre un futuro en común… ¿Quién podía despreciar una vida así? Yo no, desde luego, y así fue cómo a los seis meses acepté sin pensarlo un anillo de compromiso, un pasaporte al paraíso.

No obstante, algunas semanas tras la lujosa boda, el diablo en persona se presentó en nuestra nueva casa, decidido a destruir cualquier rastro de felicidad que osara asomar por la puerta. Las abundantes salidas con mis amigas se convirtieron en un café mensual lleno de reproches; las alegres estancias con mi madre, en una breve llamada semanal cargada de preocupación contenida; mi ambicioso trabajo en una casa que necesitaba cuidados diarios; y mi maravillosa relación amorosa… en un trayecto diario hacia el miedo, los gritos, las amenazas… los golpes.

Sentada en el diván de mi casa, frente a la ventana, sollozo por los besos que desaparecieron; por las caricias tornadas en agresiones; por los halagos transformados en insultos… sollozo por el cuidado maquillaje que se me está corriendo, dejando al descubierto moratones y cardenales que cubren todo mi cuerpo, y otros tantos invisibles, que han entrado en mi mente, en mi percepción de la vida, para no curarse jamás. Pero sobre todo, lloro por la vergüenza y el temor que no me permite salir a buscar ayuda, liberarme de esta cárcel, de esta muerte en vida, de esta soledad opresora que me consume día a día.

Para las gotas que me observan impasibles desde la ventana, o para quien quiera molestarse en oírme: declaro que, efectivamente, hace 7 años acepté sin pensarlo un anillo de compromiso, un pasaporte al infierno, a un morir eterno.

el llanto de la lluvia

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