Corrosión

Rompen las olas. Vibra el mar. Clarissa se prepara un zumo en la cocina de su casa. Una casa situada por encima de la costa; una casa que huele a hierba fresca y a mar, una casa que huele a dolor.

A través de la cristalera, y con el vaso de zumo en las manos, Clarissa se queda observando cómo las olas rompen contra las rocas, se contraen, se forman, y vuelven a comenzar; minando poco a poco la solidez de las grandes piedras, corroyéndola, hasta que paulatinamente, casi imperceptiblemente, estas rocas van desapareciendo y disolviéndose con el mar. Corrosión, lo llaman los geólogos; tortura, lo llama ella.

Hace seis meses, Clarissa jamás se habría parado a pensar en este proceso. Ella tan solo miraba el mar cuando surfeaba o nadaba, a veces cuando andaba por la orilla de la playa. Pero claro, hace medio año su vida era mundana; corría, se duchaba, trabajaba y comía; a veces se compraba ropa, otras veces iba al cine. Hace seis meses le encantaba dormir.

No obstante, ahora no tenía fuerzas para salir de su casa; no hablaba con nadie, y apenas conseguía conciliar el sueño. Su aislamiento le había convertido en una persona tremendamente observadora, y ahora sí tenía tiempo para mirar el mar.

La pesadilla, su descenso al infierno, había comenzado el día que presentó su solicitud para un nuevo empleo. Estaba cansada de contabilizar los gastos de los demás, así que decidió probar en el ámbito de investigación y desarrollo; nunca se había interesado por esa temática, pero quería empezar un nuevo camino en el que ella tuviera algo que decir, en el que pudiera demostrar su potencial y labrarse una carrera profesional. Sin embargo, la empresa que la contrató no compartía sus intenciones. Al principio se sentía ilusionada por el cambio de aires, por los nuevos compañeros y por las grandes esperanzas y expectativas que había depositado en su nueva profesión. Las primeras semanas su vida se llenó de nuevas emociones, sentía que prosperaba en sus deberes y que conseguía entablar algunas relaciones satisfactorias con sus nuevos compañeros de trabajo. No obstante, en la octava semana el ambiente cambió en la oficina; aunque eran cordiales con ella, se volvieron más distantes y más recelosos. Enseguida, inquieta, empezó a reflexionar sobre qué había podido ocasionar ese cambio de actitud, sobre cuál habría sido su error. Una palabra de más, de menos… una mirada inapropiada… pero no consiguió llegar a ninguna conclusión que le convenciera. Al intentar hablarlo con los compañeros a los que más cercana se sentía, ellos se mostraron extrañados y negaron todas sus preocupaciones; sin embargo, había algo en su mirada… Dos semanas más tarde comenzaron los rumores. La gente cuchicheaba a sus espaldas y le miraba con reproche; que si había tenido una relación carnal obscena con el portero en su oficina; que si había conseguido el trabajo a base de mentiras y engaños; que si no sabía hacer las tareas que se le encomendaban… Las calumnias eran cada vez más crueles y menos encubiertas, hasta que sus compañeros le demostraban su desprecio abiertamente, diariamente. Ella se fue distanciando de sus verdaderas amistades a grandes pasos, por miedo a causar su rechazo también. Intentó cambiar su comportamiento en diversas ocasiones, para comprobar si de ese modo la situación volvía a la normalidad. Pero su sufrimiento se intensificaba cada día que pasaba, hasta que le dio miedo el mero hecho de mirar a una persona a los ojos, por no ver la repulsa y el odio que en ellos se reflejaran.

Seis meses más tarde presentó su dimisión, recogió sus cosas y huyó de ese infierno lo más rápido que pudo, ante la indiferencia de sus antiguos compañeros. Desde entonces no se ha atrevido a salir de su casa; continúa intentando recobrar las fuerzas para enfrentarse a su vida actual, para tratar de redescubrir por qué un día le gustó estar viva.

Clarissa sabe que conseguirá dejar atrás esa etapa del pasado y volver a ser feliz. Clarissa espera volver a ser feliz.

Rompen las olas. Vibra el mar. Clarissa se bebe un zumo en la cocina de su casa.

 

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