Mi casanova

Todavía recuerdo el primer día que le vi. Estaba en la cola del Starbucks esperando mi turno, deseando comprarme un sándwich de queso y cebolla y un chocolate caliente con caramelo… cuando le vi.

            Él estaba en la cola de al lado, en la de los pasteles. Y cuando levanté la vista de mi lista de reproducción, en el móvil, me encontré con unos alucinantes ojos azules y una seductora y resplandeciente sonrisa… dirigida a mí. Mentiría si dijera que no se me olvidó hasta mi nombre; me quede embobada mirándole sus carnosos labios, sus mareantes ojos y su formado y musculado cuerpo… me quede embobada perdiéndome en las formas que su camisa y su vaquero permitían adivinar… hasta que me di cuenta de que la dependienta llevaba un buen rato intentando llamar mi atención, y de que el cliente que esperaba a mis espaldas me daba ligeros, aunque insistentes toques en la espalda, para que reaccionara y le permitiera realizar de una vez su pedido. Después de eso me sonrojé y balbuceé mi desayuno; la dependienta, extrañada y risueña al mismo tiempo, me lo sirvió con rapidez, permitiéndome salir con prontitud del abochornante caldero en que se había convertido la cafetería. No obstante, cuando por fin me vi en la calle, libre de ese intrigante e inquietante suceso… mi Casanova me esperaba tranquilamente en la entrada, sonriente, dando buena cuenta de un bizcocho de zanahoria…

            “Es el diablo disfrazado… te hace sentir cosas contra las que no quieres luchar, mejor huye por tu vida…”; esa era la melodía que sonaba en ese momento en mi móvil. Dios sabe que no la escuchaba. Di un paso hacia él, intrigada y temerosa; di dos pasos hacia él, dubitativa y miedosa… y mirándome con sus profundos ojos azules, él empezó a hablarme.

            A partir de ese día me fui convirtiendo en una mujer distinta. He llegado a odiarlo con toda mi alma… he huido del país intentando alejarme de él, de sus ojos, de su boca y de la influencia que tiene en mí. Pero por mucho que me aleje, por muchos kilómetros que recorra… él siempre encuentra el camino hacia mí. A veces coge un avión, otras veces llama a mi hotel… pero incluso en las ocasiones en que me deja el espacio que le pido, nunca sale de mi mente. Cuando otro hombre intenta ligarme, cuando veo algo bonito en la calle, cuando disfruto a solas de un libro o una película… en todos esos momentos deseo con todas mis fuerzas que él esté allí, acompañándome.

            “Es el diablo disfrazado, una serpiente con ojos azules… te hace sentir cosas contra las que no quieres luchar, mejor huye por tu vida…”; a través de mi Smartphone, Carrie Underwood me advirtió de su influjo el día en que le conocí, pero yo no escuché… Deseo con todas mis fuerzas que se equivoque, que mi sorbo de agua fresca sea tan solo eso… mi sorbo de agua fresca. Cada vez que le miro suplico a mis dioses que me ame tanto como yo lo amo a él… que me necesite tanto como yo lo necesito a él… ¿Me ha embarullado, me ha maldecido? No lo sé; pero sí sé que me ha atrapado, y todos los días de mi vida rezo porque siempre sea mi hombre, mi Casanova.

            Han pasado diez años desde ese momento. Diez años en los que he sufrido, he reído, he amado… he sentido y he vivido. A su lado he experimentado los momentos más plenos y placenteros de mi vida, a la vez que los más desgarradores y dolorosos. Y todavía, cuando vamos paseando por la calle y veo que una mujer (o a veces, incluso un hombre) se lo queda mirando, con deseo y curiosidad, yo sonrío para mis adentros: ten cuidado, nena… cuando un Casanova te atrapa, no te suelta jamás… aquí no hay rehabilitación que valga.

Historia inspirada a partir de : Cowboy Casanova –

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.Carrie Underwood

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