¿Renunciar al amor?

Menir pasa armoniosamente las hojas del cuaderno amarillento. Hábito que lleva a cabo cada vez que se siente apenada o decepcionada.
Una carta doblada, y cuidadosamente caligrafiada, se sucede a  unas entradas para un concierto y a una factura de hotel… todo ello delicadamente adherido a las páginas del bloc. El sonido de los pliegos la envuelve, y de repente, el anillo rojo que lleva en el dedo se engancha con una pequeña tira. Menir frunce el ceño, y tras un leve forcejeo, sonríe al recordar de qué se trata: una fina cuerda de cáñamo.


Hace dos meses, su sobrina llevó a su casa a un nuevo amigo; decía llamarse Mike, y enseguida le llamaron la atención sus vivos ojos azules, la profundidad de sus opiniones y… su musculado torso. Al joven le gustaba pincharla, y ella, recién cumplidos los 34 años y casada con un importante ingeniero, de la noche a la mañana se encontró fantaseando con un enigmático hombre de 22 inviernos.
Su sobrina, aunque desdeñaba cualquier acercamiento romántico, parecía llevarse muy bien con Mike, y a ella le divertía escuchar su peculiar visión sobre la vida, así que las invitaciones a su hogar se fueron sucediendo… hasta que la hija de su hermana entró en época de exámenes.
Al principio, Menir se tomó como un halago que Mike siguiera interesado en cenar con ella, aún sabiendo que iban a estar a solas (pues parecía que su esposo prefería los esfuerzos laborales antes que los maritales); sin embargo, al cabo de dos semanas, una energía extraña comenzó a fluir entre ambos. Ya no hablaban únicamente de arte y cine, ni de política y letras; ahora ahondaban en los tejemanejes de la vida, preguntándose y opinando sobre la amistad, la naturaleza, la evolución, el amor y… la pasión.
Mike tenía una curiosa visión sobre ésta última, que dejó boquiabierta a Menir. “El ser humano ha nacido para hacer el amor; a veces amamos profundamente a una persona, pero en otras ocasiones manifestamos nuestra pasión por medio de la cocina, la pintura o las letras… cada vez que un espectador lee un libro u observa un cuadro, se está dejando hacer el amor lentamente.”

Una calurosa tarde en que Menir estaba sola en casa, Mike le visitó con ganas de charlar, y decidieron visitar un nuevo restaurante de la ciudad. Al terminar de cenar, les atrajo la idea de disfrutar de la luz de las estrellas, así que optaron por un lento paseo en el puerto.
En pleno debate sobre la conveniencia de la vida en el campo, Mike creyó ver un grueso hilo volar enfrente de ambos; lo agarró, y tras constatar que consistía en una cuerda de cáñamo, cogió la muñeca de Menir y se la ató con delicadeza, a la par que declaraba: estas cuerdas se utilizan en la nagevación por su gran resistencia, en nuestro caso, tan sólo simboliza que cualquiera que sea la dirección de la marea, siempre estaremos en un extremo de esta amarra, resistiendo y acompañándonos. Una mirada tierna e ilusionada acompañaba cada una de sus palabras, y Menir no pudo más que sonreír, tratando que no se le notaran las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos.
Se evadieron tanto con sus criterios y ensoñaciones, que cuando quiso darse cuenta eran las doce de la noche; le daba miedo la reacción de su marido si volvía a casa a esa hora, así que se dejó convencer de hospedarse en un bonito hotel de la costa. Estuvieron otras dos horas viendo la tele e intercambiando frases perezosas… hasta que llegaron los primeros besos, y con ellos las primeras caricias.


Seis meses más tarde de redescubrir la juventud, la atormentada mujer se dejó llevar por la culpa; y aludiendo que su marido le necesitaba y que su relación no tenía futuro, decidió cortarla por lo sano. Mike intentó convencerla, demostrarle que el suyo no era un encaprichamiento propio de personas inmaduras, pero la decisión ya estaba tomada.
Sin duda alguna, esa era la mejor opción para todos los implicados, pues ella ya había pasado esa edad tan… vitalista, y ahora le tocaba dedicarse a su vida adulta, dejándole al joven hombre continuar su camino sin más obstáculos.
Entonces… ¿Por qué se sentía tan triste? ¿Por qué no había vuelto a pensar en su marido como el hombre que la hacía feliz? Y sobre todo, ¿realmente la elección más aconsejable era aquella que le hacía llorar por las noches? Porque ella lloraba, y mucho… por la falta de un amor pérdido… por la añoranza de una magia vital que había desaparecido al poco de emerger…

Un suspiro se escapa inesperadamente de los labios de Menir, quien observa pensativamente la última hoja del cuaderno. Un solitario número de teléfono habita en ella. Y un móvil aguarda en la silla del salón, a su derecha.

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