Madeleine

Madeleine recorre con los dedos una página de su libro favorito, “la voz de mi difunto hermano”. Concretamente, le encanta una cita que pronuncia el personaje principal: “bajo el árbol del parque yo planto una cruz; cuando llueva la inundará el agua, cuando refresque la retará el viento, y cuando haga sol la admirará la gente. Pero nunca, ni agua, ni viento, ni gente, bajo ninguna circunstancia, podrán saber que bajo esa cruz de metal descansa mi querido hermano”.

¿Acaso no es poético el guardar un enigma que nunca nadie podrá descubrir? Es… como compartir un secreto con la vida; hace un momento no eras nadie, pero ahora… ahora sabes lo que todo el mundo desea conocer, ahora tienes el poder.

A Madeleine le encantaría haber tenido un hermano; alguien con quien compartir susurros a altas horas de la noche, con quien compartir broncas y desaires… bromas y secretos. No obstante, sus padres se habían separado al ella cumplir cuatro años, con lo que se había tenido que mudar a una pequeña casa de pueblo con su malhumorado y amargado padre.

En la escuela es conocida como la niña rara y callada, que observa a todo el mundo a hurtadillas, pero rehúye la mirada cuando es descubierta. Con este panorama, se ha ido acostumbrando a estar siempre sola, únicamente acompañada por Eric Clapton y sus viejas novelas de amor, drama, terror y pasión.

Pero el año pasado las cosas cambiaron. Ya no está sola con su música y sus libros. Ahora comparte un secreto con la vida.

Sonriendo al pensar en esto, Madeleine cierra su libro, se levanta de la cama y se dirige a la gastada caja de madera que guarda al fondo de su armario. Con ella en las manos, se vuelve a sentar sobre la colcha y empieza a revisar su contenido; con parsimonia… casi con reverencia.

Su filme favorito: a sangre fría, una foto en blanco y negro del actor que le apasiona: Cary Grant, múltiples extractos de poemas: Bécquer, Lorca, Martí, Bergamín…, y por fin, debajo de un antiguo medallón negro, un recorte de periódico.

Terror en la arboleda. Ese es el titular que los periodistas habían otorgado al artículo, como si el sufrimiento que había marcado su vida desde entonces no fuera real; como si ella misma no fuera más que un personaje ficticio de una novela negra cualquiera.

En la foto enfocaban la entrada del bosque del pueblo, y se las habían ingeniado para usar una luz que le confería un aire oscuro y siniestro.

Leyendo de nuevo el recorte, Madeleine recordó la tarde en que su vida dio un vuelco fatal, el día en que dejó de ser una enigmática quinceañera, para convertirse en una madura y solitaria adulta.


Hace un año a Madeleine le gustaba hacer largas excursiones al centro comercial, no compraba nada, pero se entretenía mirando las prendas y objetos de los estantes. También le encantaba quedarse hasta bien entrada la noche leyendo viejas leyendas urbanas.  Un día de otoño, cuando sus primas fueron a visitarla, les propuso hacer un viaje al bosque; ella, sus primas y el novio de una de ellas; habían oído que desde un claro del arbolado, se podía ver la luna llena rodeada de estrellas. Según les habían contado, era una experiencia mágica, la oscuridad y el silencio de la noche tan solo perturbados por una inmensa luz blanca… la luz de los locos y los lobos.

Al principio le costó un poco convencerles, puesto que además del rumor de la luna llena, también habían escuchado otros sobre un loco que vagaba de noche en busca de sangre, o de una niña en camisón que perseguía a los transeúntes tardíos, susurrándoles escalofriantes secretos, hasta que se quitaban la vida. No obstante, con muchas súplicas e insistencia por su parte, consiguió convencerles de que eso no eran más que tontas leyendas, y que ellos podrían ser los únicos  afortunados en contemplar el plenilunio.

Así pues, dos semanas después de que aquel rumor llegara a los oídos de Madeleine, se prepararon una mochila con comida y una cámara fotográfica, se inventaron una excusa en su casa y se internaron en el bosque. Debido a la espesura de los árboles, pasaron las horas sin que se viera nada, y una inquieta y decepcionada Madeleine se adelantó a los demás para tratar de encontrar el anhelado claro, desoyendo los consejos y los gritos de sus compañeros.

Según el artículo periodístico nadie sabe lo que ocurrió en ese intervalo de tiempo, pero cuando sus asustadas primas encontraron a la chica, ésta se hallaba sentada bajo un árbol, cubierta de barro, magullada, con salpicaduras de sangre y con la mirada perdida. A pesar de los ruegos de la policía y su propio padre, se pasó un mes entero sin decir ni una palabra, ni siquiera cuando el médico al que le obligaron a asistir informó de que había claras señales de violación en su cuerpo. Ella se limitaba a acudir a las clases, coger apuntes, estudiar, leer y tararear viejas canciones de Clapton. No miraba ni hablaba a nadie; en las consultas, ignoraba al psicólogo como si se hallara sola en la habitación, y como no había querido cooperar con los agentes, nunca se descubrió qué había ocurrido esa fatídica noche de septiembre.


Al terminar de leer, por centésima vez en lo que iba de año el recorte, Madeleine esbozó una ligera, apenas perceptible, sonrisa. Hacía cosa de unas semanas, había vuelto a empezar con su pasatiempo de observar a la gente a hurtadillas, preguntándose qué es lo que pensaban, si lo que reflexionaban y no decían era tan importante como su propio secreto. Aunque habían mostrado interés por ella desde que ocurrió el incidente, ya nadie le hablaba, agotados ante la indiferencia que recibían a cambio, y sinceramente, ella lo prefería así; si les contara lo que pasó, le acribillarían a preguntas y lamentos, y ella no podría soportar tanta presión. Además, a falta de un hermano, así tendría un secreto con la vida, un secreto que nadie, jamás, descubrirá.

Satisfecha, Madeleine vuelve a guardar la caja en su escondite, y transporta su mente a ese instante de la noche otoñal, en la que una figura salió en su encuentro desde detrás de un árbol, y empezó a tocarla… empezó a besarla y hacerle daño. Pero, ironías de la vida, ese día ella también le escondía un secreto al misterioso hombre; para cortar el pan habían decidido llevarse una navaja, y ella era la encargada de guardarla.

https://balindseyblog.files.wordpress.com/2016/09/halloween2.jpg?w=656

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Luxi31 dice:

    Dios. Estos relatos me encantan. Sobretodo cuando las niñas calladas son las que tienen un secreto oscuro detrás.
    ¡Sin duda voy a seguir leyéndote! Gracias por compartir estas historias, buah de verdad te lo digo. Me pasaría horas leyéndolas, pero me voy a aguantar para que este sabor de boca dure un poco más. ¡Mañana leeré otro relato! ¡Y pasado! ¡Y al otro! Hasta que se me acaben hahaha

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    1. maiteekhine dice:

      Jajajaja, has hecho que se me suban los colores 😉 . Ahora en serio, muchas gracias por el comentario, me ha hecho muchísima ilusión; cuando escribo, me gusta pensar que alguien como tú lo leerá ❤ .

      Serás más que bienvenida todos los días a mis relatos; te has ganado un sitio en este blog 😉 .

      En cuanto a lo de las niñas calladas, a mí también me encanta, se me ocurrió escribirlo porque me parece fascinante cómo a veces no prestamos atención a los que se mantienen en un segundo plano, pero a menudo éstos son los más interesantes, y los que más tienen que decir.

      Nos vemos en nuestros respectivos blogs ¡Besos!

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